Estimulado por la zanahoria del 3D me acerqué el estreno de las navidades: AVATAR de James Cameron. Si bien me esperaba algo flojo y efectista me encontré algo mucho peor: una completa bobada, una película de una simpleza tal que ralla la estupidez. Recreación de paraíso hortera carente de imaginación, muy alejado de otras superproducciones similares que provienen de Holllywood (El señor de los anillos, las producciones de Pixar o Disney, etc.). Avatar es tan idiota que convierte a toda la producción cinematográfica americana actual en auténticos tratados de arte y ensayo.
Este bodrio de casi 3 horas de duración, en absoluto recomendable para niños (a menos que estén sedados, claro), es un verdadero parque temático futurista y jurásico apoyado sobre un timorato, endeble y sobado “eco mensaje”. Descomunal panfleto de colores chillones al servicio de la industria cinematográfica y de la ideología de turno. Ni que decir tiene que la única ideología es el dólar.La obviedad subyacente, ya no sólo en sus diálogos, sino en todo su planteamiento argumental o en la misma construcción de imágenes, lanza el cine hacia cotas insuperables (por patéticas), y es ahí donde Avatar constituye una auténtica revolución. Cantidades ingentes de personas de toda condición social, edad, raza u orientación sexual, mentes preclaras incluso, quedan como hipnotizadas por semejante despliegue de fuegos de artificio, por este soma audiovisual destinado a mantener aletargadas las consciencias.






